| con Otros | ||
|
Publicidad
Sin duda para muchos, la literatura erótica forma parte de un placer indispensable. No es sólo el acto sexual o el placer de la literatura vistos por separado. Sexo y literatura resulta una combinación exquisita cuando se trata de explorar nuevos campos en el terreno de los placeres carnales. Entregarse al erotismo desde un libro puede resultar fascinante. Para lograrlo, basta con ir a una librería grande y buscar en la estantería unos libros rositas que seducen con sólo verlos: los libros de La Sonrisa Vertical… libros, que han sido editados para hacer el amor, para coger o simplemente para fornicar sin restricción; mejor aun, libros para leerse con una sola mano.
-Ya he oído hablar de ti -dijo ella. -¿El qué? -De cómo echas a patadas a la gente fuera de tu casa. Que pegas a tus mujeres. -¿Que pego a mis mujeres? -Sí, me lo han contado. Abracé a Lydia y nos dimos el beso más largo de nuestra vida. La sostuve contra el fregadero y empecé a frotar mi polla contra su vientre. Me apartó de un empujón pero la volví a coger en mitad de la cocina. Su mano buscó la mía y la guió hasta el interior de sus pantalones, por dentro de sus bragas. Uno de mis dedos tocó el borde superior del coño. Estaba húmeda. Mientras continuaba besándola, le trabajé la raja con el dedo. Entonces saqué la mano, me áparté, cogí la botella y me serví otro trago. Me senté junto a la mesa y Lydia se puso en el otro lado y me miró. Luego comenzó de nuevo a trabajar con el barro. Me bebí con calma mi whisky. -Mira -dije-, sé cuál es tu tragedia. -¿Qué? -Sé cual es tu tragedia. -¿Qué quieres decir? -Bueno -dije- olvídalo. -Quiero saberlo. -No quiero herir tus sentimientos. -Quiero saber de qué hostias estás hablando. -De acuerdo, si me pones otro trago te lo diré. -Muy bien. Lydia cogió mi vaso y me sirvió medio whisky con agua. Lo bebí otra vez con lentitud. -¿Y bien? -pregunto ella. -Demonios, ya sabes. -Qué sé? -Tienes el chocho grande. -¿Qué? -Ocurre con frecuencia. Tú has tenidos dos hijos. Lydia se sentó en silencio, trabajando con el barro. Entonces dejó a un lado su herramienta. Se fue hasta la esquina de la cocina, junto a la puerta trasera. La vi inclinarse y quitarse las botas. Luego se bajó los pantalones y las bragas. Su coño estaba allí, mirándome directamente. -Muy bien, hijo de puta -dijo-. Te voy a demostrar que estás equivocado. Me quité los zapatos, pantalones y calzones. Me puse de rodillas en el suelo de linóleo y luego encima de ella, abrazándola. Empezé a besarla. Se me empalmó rápidamente y pude sentir cómo la penetraba. Comencé a sacudir... uno, dos, tres...
...
-¿Cuánto tiempo hace que no estás con una mujer? -Cuatro años. -¿Cuatro años? -Sí. -Creo que te mereces algo de amor -dijo-. Soñé un día contigo. Abría tu pecho como si fueras un gabinete, ... Nos besamos otra vez. -Escucha -me dijo-, cuando me hayas metido esa cosa dentro, sácala justo antes de correrte, ¿de acuerdo? -Entendido. Me monté encima de ella. Era algo bueno. Era algo que estaba ocurriendo, algo real, y con una chica veinte años más joven que yo, algo, al fin y al cabo, hermoso. Pegué como unas diez sacudidas... y me corrí dentro de ella. Ella se levantó de un brinco. -¡Tú, hijo-de-puta! ¡Te has corrido dentro! -Lydia, hacía tanto tiempo... me sentía tan bien... no pude evitarlo. ¡Me salió sin darme cuenta!...
...
Pasamos una semana sin vernos. Entonces una tarde llegué a su casa y acabamos en la cama, besándonos. Lydia me apartó de un empujón. -¿Tú no sabes nada acerca de las mujeres, verdad? -¿Qué quieres decir? -Lo que quiero decir es que puedo darme cuenta leyendo tus cuentos y poemas de que no sabes nada de las mujeres. -Explícamelo mejor. -Bien, quiero decir que para que un hombre me interese tiene que comerme el coño. ¿Has chupado alguna vez un coño? -No. -¿Tienes cincuenta años y nunca te has comido un coño? -No. -Es demasiado tarde. -¿Por qué? -A un perro viejo no se le pueden enseñar trucos nuevos. -Claro que sí. -No, es demasiado tarde par ti. -Yo siempre he sido un aprendiz retrasado. Lydia se levantó y se fue a la otra habitación. Volvió con un lápiz y un papel. -Ahora mira, quiero enseñarte algo que seguramente no conoces, el clítoris. Es el punto sensible. El clítoris se esconde, ¿ves?, y sale cuando hay suficiente exitación, es rosa y muy sensible. A veces se ocultará y tú tienes que encontrarlo, sólo has de rozarlo con la punta de la lengua... -Vale -dije-, ya he comprendido. -No creo que puedas hacerlo. Ya te lo he dicho, no puedes enseñarle a un perro viejo trucos nuevos. -Quítate la ropa y túmbate. Nos desnudamos los dos y nos echamos en la cama. Empecé a besar a Lydia. Bajé de los labios al cuello, luego hasta sus pechos. Entonces bajé hasta su ombligo y de allí, más abajo. -No, no puedes -dijo ella-, de ahí salen sangre y orina, piénsalo, sangre y orina... Bajé y empecé a chupar. Me había dibujado un plano muy acertado. Todo estaba donde se suponía que debía estar. La escuché respirar fuertemente, luego gemir. Me excitaba. Se me empalmó. El clítoris apareció, pero no era exactamente rosa, era casi de un rojo púrpura. Juegué con él. Surgían jugos que se mezclaban con los pelos del coño. Lydia gemía más y más. Entonces oí la puerta principal abrirse y cerrarse. Escuché pasos. Levanté la mirada. Un chavalito negro de unos cinco años estaba plantado junto a la cama.
...
Yo no tenía pijama. Me dirigí a la cama. Ella llevaba un fino camisón... Entré en la cama con ella. La pequeña niña-mujer estaba lista. La atraje hacia mí. La suerte estaba otra vez de mi lado, los dioses me sonreían. Los besos se hicieron más intensos. Puse su mano en mi verga y luefo le subí el camisón. Empecé a jujar con su coño. ¿Katherine con un coño? Se erigió el clítoris y lo acaricié con ternura, una y otra vez. Finalmente, la monté. Mi verga entró hasta la mitad. Estaba muy estrecha. Moví hacia delante y detrás y luego empujé. El resto de mi verga penetró. Era glorioso. Ella me apretó. Me moví y seguía apretando. Traté de controlarme. Cesé las sacudidas y esperé a enfriarme un poco. La besé, abriendo sus labios, chupando su labio superior. Vi su cabellera desparramada por toda la almohada. Entonces desistí de intentar complacerla y símplemente la jodí, poseyéndola viciosamente. Era como un asesinato. No me importaba, mi polla se había vuelto loca. Todo aquel pelo, su cara núbil y hermosa. Era como violar a la Virgen María. Me corrí. Me corrí en su interior, agonizando, sintiendo cómo mi esperma se introducía en su cuerpo. Ella estaba indefensa y yo disparé mi éxtasis al interior último de su ser, cuerpo y alma, una y otra vez...
Charles Bukowski, Mujeres
Éric m'instal·lava en un dels llits o dels sofàs de les alcoves, i repectava un costum vague pel fet de prendre la iniciativa de despullar-me i exposar-me. Podia començar a acariciar-me i a fer-me petons, i de seguida uns altres li prenien el relleu. Em quedava gairebé sempre estirada d'esquena, potser perquè l'altra posició més comuna, la que consisteix en què la dona cavalqui activament damunt la pelvis de l'home, es presta menys a la intervenció de diversos participants i implica, en qualsevol cas, una relació més personal entre la parella. Estirada, podia rebre les carícies d'homes diferents, mentre un d'ells s'alçava per fer-se lloc, per veure-s'hi, i entrava dins el meu sexe. M'estiraven per tots costats, a bocinets; una mà fregava amb un moviment circular i aplicat la part accessible del pubis, una altra lliscava àmpliament per tot el pit o preferia excitar els mugrons.. Més que de les penetracions, obtenia plaer d'aquelles carícies, en particular les de les vergues que venien a passejar-se'm per tota la superfície de la cara o a refregar-me el gland en el meus pits. M'agradava força agafar-ne una de passada, a la boca, i passar-li els llavis amunt i avall mentre una altra acudia a reclamar per l'altre costat, sobre el meu coll tensat. I tombar el cap per agafar la nouvinuda. O tenir-ne una a la boca i una altra a la mà. El meu cos s'obria més sota l'efecte d'aquells tocaments, amb aquella relativa brevetat i renovació, que no pas amb els coits. Pel que fa aquests, recordo sobretot l'anquilosament de l'entrecuix després que se'm treballessin, de vegades, fins prop de quatre hores, sob4retot perquè molts homes tenen tendència a mantenir les cuixes de la dona molt separades, també per gaudir de la vista, i per anar a picar més lluny. En el moment que em deixaven reposar, m'adonava que tenia la vagina del tot adormida. I era una voluptuositat notar-ne les parets tibades, pesants, una mica adolorides, que conservaven, com si diguéssim, l'emprenta de tots els membres que s'hi havien allotjat.
...
Una vegada -no era a casa de Victor, sinó en una suma de la plaça Clichy- em va passar que no vaig sortir, durant pràcticament tota la vetllada, del fons d'una butaca gran, tot i que hi havia un llit immens que ocupava el centre de la sala. Amb la cara a l'altura de les parts que es presentaven, podia llepar i mamar mentre, amb els braços a banda i banda, feia una palla a dos homes alhora. Tenia les cames molt aixecades i, l'un darrere l'altre, els qui ja s'havien excitat prou venien a continuar dins del cony. Jo suo molt poc, però a vegades anava xopa de la suor de les parelles. D'altra banda, hi ha sempre filets d'esperma que s'assequen a la part de dalt de les cuixes, de vegades sobre els pits o a la cara, o fins i tot als cabells, i als homes que practiquen orgies els agrada descarregar en un cony ple de semen. Malgrat això, de tant en tant, amb el pretext d'anar al bany, aconseguia separar-me del grup i rentar-me. A casa de Victor hi havia un bany amb una llum blavosa força clara, sense ser violenta. Un mirall, dalt de la banyera, ocupava la paret sencera, i la imatge profunda i fosa que reflectia suavitzava encara més l'atmosfera. Hi veia el meu cos, i em sorprenia de trobar-lo més menut de com el notava feia uns moments. Allá les converses eren tranquil·les. Sempre hi havia algú que em feia compliments sobre la pell mat o per la destresa que demostrava amb la boca, cosa que no em feia el mateix efecte que quan, colgada de cossos, sentia, com si vingués de molt lluny, un grup que intercanviava impressions respecte a mi, com quan un malalt percep a través de la somnolència la conversa entre el metge i els interns mentre ronden d'un llit a un altre. Raig d'aigua a la figa oberta i adormida. Però era poc habitual que l'hme que havia anata allà a fer també una pausa no apofités el moment que m'ajupia al bidet per refregar-me pels llavis una polla estovada però encara a punt. I moltes vegades, tot just refrescada, dreta, amb les mans a la vora del rentamens, vaig oferir la vulva a la pressió cada vegada més segura d'un sexe que aconseguia, finalment, engegar encara algunes envestides. Uns dels plaers que m'agrada més retrobar és el que produeix un sexe que rellisca així entre els llavis inflats i s'hi afirma, desenganxant-los progressivament l'un de l'altre, abans de precipitar-se dins d'un espai l'obertura del qual he tingut prou temps d'experimentar.
Catherine Millet, La vida sexual de Catherine M.
| ||
| amb Altres Presentaciones - Jul : 49 | Jun : 79 | May : 88 | Abr : 78 | Mar : 131 | Feb : 121 | Ene : 142 | Dic : 135 | Nov : 103 | Oct : 140 | Sep : 124 | Ago : 125 |